Miserables alrededor de Juana Rivas

En la película Amistad, de Steven Spielberg, el abogado de unos esclavos africanos -sometidos a juicio por asesinato de unos negreros- que intenta todo tipo de estrategias para salvarlos de la horca, incluso considerarlos jurídicamente como simples mercancías, es amonestado por el representante del grupo abolicionista que lo ha contratado, que no solo afirma que el caso ha de tratarse exclusivamente como un asunto moral, sino que llega a deslizar que, para su causa, quizás sea mejor que los esclavos finalmente sean condenados y ejecutados.

 

Cuando Juana Rivas siguió malos consejos y decidió que era buena idea no devolver a sus hijos a su padre y a su domicilio familiar, cometió un primer error. Cuando dos meses después de llegar a España presentó una denuncia en una jurisdicción incompetente, a la espera de que se remitiese a Italia, para crear una causa que justificase su decisión, cometió un segundo error. Cuando, tras obtener la custodia de los hijos por el tribunal competente, el padre inició un procedimiento internacional de devolución, que provocó una decisión de un tribunal español, ratificado por una Audiencia Provincial española, sobre la base de un informe psicosocial realizado por peritos españoles, y Juana Rivas decidió no cumplir con la decisión, cometió un tercer error. Cuando reiteradamente desobedeció las órdenes de diferentes tribunales que le daban, una y otra vez, plazo para cumplir, cometió un cuarto, un quinto, un sexto error. Cuando dio el paso de ocultarse con sus hijos, casi durante un mes, cometió un séptimo error.

Todos esos errores pudieron deberse a empecinamiento o a malos consejos recibidos. Pero lo más grave es que España se llenó de abolicionistas con levita que le trasladaban a Juana Rivas la idea de que su causa era la de todos. Esos abolicionistas no eran unos cualesquiera: un presidente del Gobierno, una presidenta de una Comunidad, ministros, diputados, presidentes de partidos, alcaldes, famosos opinadores. Todos ellos decían ser Juana, solidarizarse con Juana y comprender a Juana.

Por supuesto, ninguno de ellos sabía, ni sabe, quién es Juana en realidad o qué le pasó. Ni quién es Francesco Arcuri, o quiénes son esos dos niños que primero fueron arrancados del contacto con su padre y más tarde se van a ver privados de su madre. Qué van a saber. Pontifican, pero sobre ideales abstractos construidos usando a Juana, a sus hijos y al monstruoso torturador del que había que salvarlos como arquetipos adecuados para la causa. Todo es bueno para el convento: si Juana logra lo que quiere, el activismo triunfa sobre la justicia patriarcal; si es condenada y tiene que pagar, su sangre regará el patriótico campo de los ideales. En un ejemplo perfecto de derecho penal de autor, lo que menos importaba eran los hechos o las conductas concretas. Importaba que él era un hombre, condenado en el pasado por maltrato, y ella una mujer. Perfecto para los panfletos. Perfecto para una campaña veraniega de televisión y prensa, una borrachera de falso y fatuo sentimentalismo que permitía a millones ponerse del lado correcto a la hora del telediario.

Suelo decir a mis clientes acusados de algún delito que solo yo estoy de su parte. Nadie más. Grábense esto a fuego, por si acaso. Ni los que sinceramente creían ayudar a Juana Rivas, ni, menos aún, los que viven de la cosa pública y de chiringuitos que solo se autojustifican si la realidad se ajusta al credo sobre el que han medrado, están ni han estado de su parte. De su parte solo habría estado un abogado que hubiera hecho su trabajo. Uno que no velase por todas las mujeres, o por todos los niños, o por todos los seres puros, o por la civilización occidental, la salvación de la Humanidad o la causa de las víctimas abstractas. Uno que velase por su cliente; que le hubiese explicado: “si haces esto, Juana, es muy probable que termine cayéndote una pila de años de prisión y que, de paso, te prohíban ver a tus hijos, que crecerán sin ti, sin tu amor, sin tu preocupación, sin tu esfuerzo, sin tu influencia. ¿Quieres jugarte eso?”.

También en Amistad, los esclavos presos, al ver desde la cárcel cómo un grupo de abolicionistas se acerca, se preguntan quiénes son; hasta que se arrodillan y uno de los esclavos presupone: “están enfermos”. Luego los abolicionistas empiezan a cantar un himno religioso y, entonces, otro proclama: “¡son artistas!”. Pero el primero añade: “pero, ¿por qué parecen tan miserables?”.

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